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Un día filmación de «El Marginal»

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El lugar donde se están grabando los episodios de la segunda temporada de El Marginal es el mismo en el que se grabaron los episodios de la primera: lo que queda de las instalaciones en las que funcionaba la cárcel de Caseros. Sin embargo, resulta notorio al recorrer los nuevos escenarios que representan un ambiente distinto al que se vio en aquella historia, cuyo foco estaba puesto en lo que le ocurría al policía encubierto al que interpretaba Juan Minujin. La villa, construida por los reclusos en el patio de la cárcel, es más chica que la que se vio anteriormente. Hay menos casillas de madera y más espacio libre. En el interior del edificio, los ambientes lucen un poco mejor que lo que se veían en la primera parte. Y la diferencia está muy bien, dado que la historia que se contará en esta temporada es una precuela de lo que se relató en la primera parte.

Ahora el foco está puesto en los personajes de los hermanos Borges: Mario, al que interpreta Claudio Rissi, y Juan Pablo «Diosito», al que interpreta Nicolas Furtado. En la nueva temporada se verá cómo llegan estos dos personajes al penal y la manera en que van acumulando poder hasta conseguir el manejo de los reclusos que tuvieron, tres años después, cuando Palacios llegó a la penitenciaría.

El otro personaje al que seguirá principalmente el relato en los nuevos episodios es el de Patricio, al que llaman «Doc», por su condición de médico. A este recluso, que termina en prisión por una situación confusa y cuya verdadera esencia se irá conociendo con el correr de los capítulos, lo interpreta Esteban Lamothe. La rutina de este actor antes de empezar a grabar, al menos en los primeros episodios, comienza una hora antes de presentarse en el set para ponerse a las órdenes del director. La ceremonia previa tiene lugar en la sala de maquillajes que está ubicada en un tráiler estacionado sobre la calle Pichincha, afuera del ex penal. Allí se somete al arte de las maquilladoras que deben convertir su rostro en una superficie plagada de moretones.

La charla con los otros compañeros de grabación ameniza el tiempo que debe permanecer en el lugar sin moverse demasiado para que le pinten correctamente la cara. El compañero de conversación en esta oportunidad es Rissi, con quien intercambian experiencias de sus investigaciones con presos, para lograr una idea de cómo es la vida en la cárcel. «El día a día adentro para los tipos es una lucha constante para superar la angustia de estar encerrados. Se van armando fantasías que les permiten sentir que están en otro mundo, parecido al de la libertad y no en ese de la cárcel. Uno de los que hablé me contaba que entre ellos llamaban a distintos lugares de la cárcel con nombres de lugares de la ciudad. ‘Mañana nos encontramos en Corrientes y Libertad’, decían y eso quería decir por ejemplo que se encontraban en el pasillo que iba al comedor. Una manera de pelearle al encierro», cuenta el actor que hace del mayor de los Borges. Mientras Lamothe y Rissi conversan en la sala de maquillaje, por la que también pasa Gerardo Romano para terminar de ajustar la máscara que le permitirá ser el director de la cárcel, en lo que era el penal, Adrián Caetano , el director prepara con Furtado y una compañera que usa el nombre artístico de «La Joaquín» una escena difícil.

El lugar es una antigua celda. Al salón que da acceso se lo ambientó como una sala de espera para quienes vienen a tener encuentros íntimos con los reclusos, lo que se conocen como «visitas higiénicas». En el lugar hay afiches de cómo prevenir el sida y cajas con preservativos. Mientras el director repasa la escena con los actores, el lugar está lleno de gente. En un rato solo quedarán el camarógrafo y los protagonistas. Caetano seguirá la escena en la que ambos mantienen relaciones sexuales desde el control e irá dando instrucciones sobre lo que quiere por un walkie-talkie.

La toma sale de una y no habrá que repetir. El director sonríe satisfecho y les explica a sus asistentes la escena que deberán ir armando a continuación. Con una tranquilidad inusual para su oficio el director de Pizza, birra, faso les va indicando lo que pretende que hagan y con cada uno de ellos mecha algún detalle personal en el diálogo. Con una productora que, por lo visto, fue mamá hace poco, se queda un rato más largo enterándose de cómo anda el bebé. Entre las paredes de lo que fue la cárcel, en cada jornada de grabación se mueven entre técnicos y actores unas 150 personas. En total se grabaran ocho episodios. Los dos primeros, fueron dirigidos por Caetano, que usó ocho jornadas de grabación para cada uno de ellos. El resto, serán responsabilidad de Alejandro Ciancio, quien tendrá cinco jornadas para grabar cada uno de los suyos. Durante las grabaciones hay extras por todos lados. Algunos vestidos con uniformes de agentes penitenciarios. Otros con aspecto de reclusos. Entre ellos, hay muchos que alguna vez estuvieron en la cárcel y son una fuente de consulta para los actores que tienen que hacer de presos.

Las antiguas celdas fueron transformadas en pequeños sets para diferentes tipos de escenas que incluyen desde talleres de trabajo hasta salas de enfermería. El viejo comedor está también ambientado como es lugar en la nueva ficción, pero mientras no hay escenas allí, es el lugar en el que se dispone el catering para refrigerio del personal. El ritmo de trabajo es incesante y se espera que dure unos meses más. Lo previsto es que la serie esté lista para la segunda mitad del año para ser estrenada en la TV Pública y de allí vuelva a recorrer una trayectoria de premios y convocatoria de público excepcional, acá y en otros países, como lo hizo la primera parte.

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