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Pedro García: Un mes dedicado a las mujeres

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En este mes de marzo, tan importante para todas las mujeres del mundo, se conmemoran los esfuerzos realizados por todas para alcanzar la igualdad y la justicia. En todos los países se organizan festejos en esta fecha para que la sociedad tome conciencia sobre los derechos que les corresponden a todos los seres humanos por igual, a hombres y mujeres, más allá de las diferentes naciones, lenguas, religiones o culturas.

 

Este 8 de marzo se conmemora la lucha de un grupo de mujeres que realizaron una huelga en la fábrica textil donde trabajaban en Nueva York, en 1857, para pedir una jornada de 10 horas de trabajo e igualdad de salarios que los hombres. En respuesta a la planta ocupada, se prendió fuego al edificio y se trabaron las puertas, allí murieron las 129 trabajadoras. Este día, para honrar su memoria, fue propuesto en 1910 en un Congreso Internacional de Dinamarca, y las Naciones Unidas adhirieron su apoyo a la celebración en numerosos países.

 

Desde entonces se convocó a todas las naciones, que teniendo en cuenta sus tradiciones históricas, proclamen un día del año como Día de las Naciones Unidas para los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.

 

Por lo tanto, me parece oportuno compartir con todas ustedes una de las cartas que escribió Juan Pablo II, a las mujeres del mundo durante su pontificado.

 

“Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.”

 

“Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

 

Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

 

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del misterio, a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.

 

Te doy gracias, mujer-consagrada, que, a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta esponsal, que expresa maravillosamente la comunión que Él quiere establecer con su criatura.

 

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas. Pero dar gracias no basta, lo sé”.

 

“Hoy quiero elevar una plegaria, a Dios, para las hijas, madres, esposas, trabajadoras, profesionales, estudiantes y voluntarias que ayudan con su aporte al bienestar de toda la humanidad, que sean bendecidas especialmente, aquellas mujeres enfermas, desocupadas, las que padecen violencia, y las privadas de su libertad.”

 

 

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