Inicio / POLÍTICA / Pedro Garcia: “La vanidad, enemiga de todo político”

Pedro Garcia: “La vanidad, enemiga de todo político”

Compartir

Los políticos tienen que dominar, dentro de sí mismos, cada día y cada hora, a un enemigo demasiado humano y totalmente trivial, la muy vulgar vanidad, enemiga mortal de toda dedicación objetiva y de toda toma de distancia que, en este caso, implica tomar distancia de uno mismo.

 

La vanidad es una cualidad muy extendida y quizás nadie está libre de ella. En los círculos académicos y científicos es una especie de enfermedad profesional. Pero, por más antipática que sea su manifestación, justamente en el científico resulta relativamente inofensiva porque, por regla general, no interfiere en la actividad científica.

 

El caso del político es completamente diferente. El político trabaja en la obtención de poder como medio inevitable. El instinto de poder, como suele decirse, pertenece de hecho a sus cualidades normales. El pecado contra la esencia de su profesión comienza, sin embargo, cuando este afán de poder deja de ser objetivo y se convierte en un objeto de pura condición personal, en lugar de quedar exclusivamente al servicio de la causa.

 

En última instancia, existen sólo dos clases de pecados mortales en el ámbito de la política, falta de objetividad y lo que con frecuencia, pero no siempre, es algo idéntico, falta de responsabilidad.

 

La vanidad, la necesidad de ponerse a sí mismo en primer plano todo lo posible, es lo que más influye sobre el político a cometer alguno de estos pecados, o ambos a la vez. Tanto más cuanto que el demagogo está forzado a calcular el efecto que produce.

 

Justo por esto es que constantemente corre el peligro tanto de convertirse en comediante como de tomar a la ligera la responsabilidad por las consecuencias de sus actos y tener en cuenta tan sólo la impresión que causa. Su falta de objetividad lo hace proclive a buscar la apariencia del poder en lugar del poder real y su irresponsabilidad a disfrutar el poder por el poder mismo, es decir: un poder sin el contenido de un objetivo concreto.

 

Porque si bien, o mejor dicho justamente porque el poder es el medio inevitable de la política y, por lo tanto, el afán de poder constituye una de las fuerzas impulsoras de toda política, justamente por ello no existe una distorsión más funesta de la fuerza política que la del advenedizo que se vanagloria de su poder, o la del narcisista que se regodea en la sensación del poder, o bien en términos generales, toda idolatría del poder como tal.

 

El simple “político del poder, como el que entre nosotros trata de glorificar un culto practicado con entusiasmo, puede parecer fuerte pero, en realidad, actúa en el vacío y en el sinsentido. En esto, los críticos tienen toda la razón, en el súbito colapso personal de ciertos representantes típicos de esta mentalidad hemos podido percibir cuanta debilidad íntima y cuanta impotencia se esconde detrás de esta apariencia presuntuosa pero completamente vacía.

 

Sucede que esta actitud es el producto de una muy mezquina y superficial arrogancia frente al sentido de la actividad humana, una arrogancia completamente alejada del conocimiento acerca del drama que envuelve en realidad a toda actividad humana y especialmente a la actividad política, comprendiendo que la vanidad es algo que carece de valor moral y solo sirve para ostentar, y hoy necesitamos políticos con valores humanos, que sólo piensen en el bien común.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cuatro × dos =

CONTACTO: • Correo de producción: chacoenlineainforma@gmail.com • Diseño realizado por Chaco en línea informa