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Masacre de San Valentín: «Le escribí un mensaje de despedida a mi mamá» contó la sobreviviente argentina

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En la escuela Marjory Stoneman Douglas la rutina parecía transcurrir con normalidad. Hasta que a 20 minutos del final de la clase de Personalization todo se alteró.

«En cada aula tenemos un parlante para escuchar las comunicaciones del director para todo el colegio. Justo a las 14:20 empezamos a escuchar que el parlante hacía unos ruidos raros. Hubo un silencio y se escuchó la voz del director que dijo ‘Código Rojo. Evacúen’. La verdad es que no me preocupé nada en ese momento. Pensé que era un ‘drill’ (simulacro de emergencia).

Sol y sus casi 30 compañeros de clase salieron así en silencio y con cuidado a uno de los pasillos internos de su edificio. «Ahí escuchamos tres disparos. Estaban algo lejos. Era en el edificio de los Freshmen (los alumnos del primer año de la secundaria). Igual, apenas se escucharon, muchos chicos empezaron a gritar y a correr para cualquier lado. Nosotras nos metimos de nuevo en el aula en la que estábamos».

Nikolas Cruz había iniciado su ataque con un fusil semiautomático AR-15. Las víctimas eran aleatorias, nadie estaba a salvo en el lugar.

«Al principio yo estaba más tranquila. Había silencio en la sala. Nadie hablaba mucho. Entonces, una de mis amigas agarró su celular y abrió Snapchat. Ahí empezamos a ver las stories de otras amigas que estaban en ese edificio. Ahí se escucharon los tiros mucho más fuertes y más claros. En 17 segundos de video hubo casi 20 tiros. Ahí nos cagamos todos», relató.

«Agarré mi teléfono y le escribí un mensaje a mi mamá. Le escribí un ‘te amo’, pero no fue un ‘te amo’ más. Lo sentía especial. Era mi mensaje de despedida».

El pánico se desarrollaba de acuerdo al audio del lugar. Todos seguían viendo las mismas paredes, las mismas ventanas, las mismas mochilas y los mismos carteles. Nada se movía. Pero afuera estaba desatado el caos.

«No entendíamos nada y encima con lo que pasaba afuera nos poníamos peor. En un momento escuchamos pasos fuertes al otro lado de la puerta. Yo estaba esperando que fuera este chico, el tirador. Y después pasó algo peor: de repente se rompió el vidrio de una ventana. Ahí dije ‘listo, me muero acá mismo. No voy a salir viva de esta'».

La rotura del vidrio no respondió a un disparo ni a un ataque de Cruz. Eran agentes del grupo SWAT, que habían acudido a su edificio para evacuarlo. «Nos pidieron que levantáramos las manos y que saliéramos del edificio despacio y cerca de un compañero».

El tiroteo fue controlado y abrió así la puerta al epílogo de la tragedia, el momento de chequear cómo estaba cada uno de los amigos y las personas queridas de la escuela.

«Enseguida nos juntamos todos los mejores amigos y comprobamos que a nadie le había pasado nada. Pero era todo horror. Había chicos llorando sin parar, y hasta vi los cuerpos de un guardia de seguridad y del entrenador de fútbol americano. Estaban tirados en la puerta del otro edificio. Tenían unas mantas amarillas encima».

Los amigos de 16 años compartieron sus experiencias. Aquellos testigos que estuvieron en el edificio de los Freshmen relataron el infierno. «Un amigo me dijo que vio cómo le pegaron un tiro en la pierna a Anthony, el chico al que estábamos gastando antes con que era un ladrón. A mi amigo le agarró tanto miedo que salió corriendo y no lo pudo ayudar. Después nos enteramos de que estaba herido y estaba más o menos bien».

La llegada constante de ambulancias y efectivos policiales se combinó con el arribo de padres desesperados, en estado crítico, a la espera de alguna novedad sobre sus hijos.

«Ahí me encontré con mi papá, que me vino a buscar. Yo le di un abrazo y me puse a llorar sin parar. Le dije que lo amaba mucho y que estaba muy feliz de volver a verlo. Él todavía estaba preocupado, me miraba y me repetía sin parar ‘te amo, te amo, te amo'», relató a Infobae.

Ya al atardecer, Sol se encontraba de nuevo en casa junto a su papá, la pareja de él, su hermanastra de 15 años y un hermanito de siete meses. Sol se esforzó para digerir lo que le acababa de suceder a su vida. Para entender cómo pudo presenciar tal tragedia en su lugar de estudio.

«Yo nunca en mi vida vi un arma, a mis amigos tampoco. Mi grupo de amigos es todos de latinos y nosotros somos gente normal, no estamos tan locos como los gringos», afirmó.

Todavía Sol no decidió si acudirá al acto de homenaje que se realizará esta noche en el parque principal de su barrio cerrado. «Seguramente, llamaré a mis amigos para ver cómo están. Para mí es importante tenerlos cerca».

Con el pasar de los días, la joven con ilusiones de consagrarse en la medicina forense intentará encontrarle explicación a un fenómeno que todavía se repite en la sociedad de una de las grandes potencias mundiales.

«No puede ser que chicos de mi edad puedan agarrar armas en sus casas con toda la tranquilidad del mundo. Lo peor es que estoy segura de que no va a pasar nada. Esto ya ocurrió muchas otras veces y ayer le tocó a mi escuela. No creo que lo arreglen», razonó con desilusión.

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