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Chaco | Francisco Tete Romero: Oler la tempestad, narra un experimento psicopolítico en 2025

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El 10 de agosto a las 19:00 se presentará en forma virtual una nueva novela de Francisco Tete Romero, inaugurando la Colección de Narrativa “La tierra sin mal” de la editorial chaqueña Contexto. La presentación estará a cargo de la poeta Claudia Masin y la psicoanalista y ensayista Nora Merlín, cuyo análisis sobre la novela de reproduce en esta nota. Se realizará en el marco de la Primera Feria del Libro Digital Chaco 2020 “Leer es un derecho”. El punto de encuentro será www.feriadellibrodigital.com.ar.

“La novela de Tete Romero tiene la forma de un patchwork en el que se buscan las piezas, algunas encajan y muchas otras no. Por momentos el relato se asemeja a un sueño, por momentos parecemos estar inmersos en una pesadilla. En la novela se encuentran, se entrecruzan la literatura, la historia, la política y el psicoanálisis, y se plantean cuestiones centrales para la cultura argentina, como la memoria, la identidad, la verdad, en términos singulares y colectivos.

La novela comienza con un fragmento de Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, donde se plantea una pregunta que tal vez permite entrever una clave de lectura: «¿Viajás para revivir tu pasado o viajás para encontrar tu futuro?». Futuro o pasado, o futuro pasado, la pregunta es por los motivos del viaje. La novela puede ser leída como una distopía; sin embargo, el futuro que conjetura es un futuro que (como dice la canción de los Redondos) ya llegó, un futuro que se fue instaurando con el neoliberalismo en el 2015.

El tiempo de la novela no es lineal, cronológico, sino retroactivo; desde el presente se resignifica el pasado, de manera fragmentaria y con la irrupción de saltos temporales, “a los ponchazos”. A la manera en que W. Benjamin concibe la historia: como fragmentaria y como historia viva, en oposición a la historiografía tradicional. La retroactividad es también el tiempo de la práctica clínica del psicoanálisis, donde se reconstruyen, se descifran, se elaboran las marcas y las respuestas sobre la pregunta de quién soy, qué quiero, a dónde voy. A través del ejercicio de la memoria y las repeticiones que lo constituyen, en la novela se intentan reconstruir y elaborar las marcas de un sujeto que se escriben desde un diario.

Oler la tempestad cuenta dos historias principales: la de la Ronca, Natalia, y la de Fernando, el protagonista, quien confiesa su necesidad de que otras historias lo ayuden a entender la propia.

Fernando es un hacker, un voyeur, que no se da cuenta de que está metido en la historia, es un prófugo de su historia, que va armando, como en un patchwork, su propia historia La otra historia es la de Natalia y su hermano. Natalia está jugada por el pedido del padre desaparecido, quien le pide “salvar al hermano”.

Ambas historias, la de Fernando y la de Natalia, se cruzan a partir de “la peste”, que conforma un trauma social. El 16 de septiembre (fecha significativa de la historia argentina, que nos remite a otro 16 de septiembre trágico) de 2022, se produce un gran apagón generalizado, una larga noche, un colapso que sume a todos en una absoluta oscuridad: las comunicaciones se cancelan, los aviones se estrellan, hay incendios, saqueos, muertos, mutilados, víctimas, fusilamientos, desaparecidos; se vive un pánico generalizado con escenas canibalísticas. Luego del apagón, comienza el experimento psicopolítico.

En «la peste» se condensan los sucesos más traumáticos del pasado argentino reciente: la Revolución Libertadora, la última Dictadura cívico militar, la guerra de Malvinas y el último neoliberalismo como experimento psicopolítico, una pesadilla que no cesa. Pero en esta «peste» resuenan también ecos de otras obras literarias e intelectuales: La peste de Camus, La tempestad de Shakespeare, El proceso de Kafka y, en la cultura argentina, a Sarmiento, Ingenieros, Arlt, Jorge Alemán y, quizás de un modo especial, las canciones de El perfume de la tempestad del Indio Solari.

Oler la tempestad es un experimento de escritura, que se vincula con varias de las preocupaciones teóricas que el autor despliega en sus ensayos Culturicidio 1 y 2. Tete Romero interroga la subjetividad que construimos desde la educación pública. Sostiene que la colonización política y económica que padecemos desde la conquista, luego profundizada con los gobiernos neoliberales, sólo se explica a partir de la colonización cultural y los dispositivos tecnológicos y lingüísticos. La colonización de la subjetividad consiste en un proceso de instalación de afectos, lenguajes acciones y pensamientos. Teté plantea lo imprescindible de conocer las prácticas y las representaciones culturales que penetraron en nuestra vida social y permanecen sedimentadas. Son esas prácticas y representaciones las que hicieron posible el retorno del neoliberalismo después de 12 años de gobierno popular. A partir del último gobierno neoliberal y su uso de las tecnologías comunicacionales, el país se convirtió en un gran laboratorio de prácticas “posverdaderas”. Estas inquietudes teóricas del autor se desarrollan en la novela, como prácticas cotidianas que transcurren en una Argentina del futuro, pero de un futuro no tan lejano, un futuro cercano como el del 2025.

El experimento psicopolítico, la distopía que se impone después del apagón, es en sentido estricto una metáfora del neoliberalismo, sobre todo del último, que hizo uso y abuso de las nuevas tecnologías. Según el Dr. Zeballos, uno de los personajes de la novela, el experimento psicopolítico, basado en estudios neurolingüísticos y neurobiológicos, quiere provocar la llegada de una nueva etapa de la evolución: para el Dr. Zeballos, conocer el cerebro es poder. La revolución psicotrópica propone ordenar el caos de la política, erradicar las almas y sustituirlas por cerebros: construir una ciudad bajo el modelo del panóptico generalizado, con un banco de datos y un sistema de control y disciplina; para ello se cuenta con los servicios de una policía del control social, hackers y drones que patrullan permanentemente. La inteligencia artificial debe conocer los perfiles de cada uno a partir de los algoritmos que permiten obtener el saber total de la psiquis, administrar los deseos para evitar excesos y extravíos; de lo que se trata es de impedir pensar. Este experimento que busca también restaurar el sentido común y equilibrar las pasiones apunta a producir una subjetividad capaz de conquistar el futuro a través del mérito, una subjetividad de un lenguaje atrofiado y que pierda la capacidad de hablar. Para ello, hay que sugestionar, informar con recuerdos falsos, inexistentes, forjar un nuevo destino, anular la memoria (no se debe mirar atrás); forjando nuevos deseos y creencias bien administradas, el objetivo pasa por «ser feliz».  Más bien deberíamos decir, producir artificialmente la felicidad: hacer creer que se es feliz.

Pero por supuesto, el crimen no es perfecto: están aquellos a los que no se logra capturar en el dispositivo, los que resisten y luchan. Como indica Freud en «El Malestar en la Cultura», el conflicto se dirime entre Tánatos y Eros, entendiendo al neoliberalismo como una tanatopolítica, que decide quién vive y quién muere, porque en ese orden propuesto todos no entramos. Es en este marco que la novela relata las historias de los traumas y fantasías edípicas singulares, la sexualidad, la ambivalencia, la culpa, el castigo, es decir, la novela familiar de los personajes. La novela es un experimento de escritura sensible y pulsional, fragmentada, agujereada, atravesada por una erótica dolorosa en la que el sentido se va abrochando paulatinamente.

Como dijimos, la novela pone en escena las constantes preocupaciones del autor, pensador y educador: ¿cómo salir de las repeticiones, las inercias sedimentadas en la cultura? ¿Cómo emancipar el pensamiento, dejamos de construirnos como subalternos y logramos una comunidad de hombres justos y honrados? ¿Cómo disputamos la cultura colonizada y generamos un horizonte de posibilidad, de salida, cómo transformamos el sentido común colonizado? ¿Cómo salimos de la pesadilla y volvemos a los sueños?

El libro comienza con un “prólogo-poesía” de Claudia Masin: «Los extraviados». Me preguntaba por qué la apelación a una poesía para el prólogo. La escritura de la novela tiene rasgos que solemos asociar con la poesía: el corte, el tratamiento del sentido como secundario, la afección sensible. Masin habla de «Los extraviados» lo que, junto con la cita de Calvino, nos hace ver que el extravío es el estado central del protagonista de la novela. Y el extravío es también la condición material del sujeto, su rasgo estructural. Por su parte, el poder colonizador se aprovecha de esa estructura subjetiva e intenta colonizarla, el poder intenta normalizar el extravío.

El libro que se publica en una coyuntura actual como la del Covid-19 no resulta para nada ajena a las circunstancias de la novela. Porque la pandemia, que está teniendo efectos devastadores en el mundo, se presenta como una nueva peste, una nueva catástrofe. El virus acelera el desastre neoliberal y muestra una crisis escrita en el cuerpo.

Y acá estamos nosotros, los que conformamos un campo de resistencia y de rebelión  contra las fuerzas totalitarias que odian y desprecian la vida. Acá estamos los que obstinadamente continuamos insistiendo: una confluencia de voluntades colectivas plurales intentando, una vez más, en una nueva experiencia política causada desde el deseo de una voluntad colectiva.

Podemos reivindicar el extravío: insistir, caer, levantarse y organizarse. Extraviarse: insistir, caer, levantarse y organizarse… Hasta que salga.

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