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Villa Ana: El pueblo que supo ser imperio

Por Fernando Ortigoza (Septiembre de 2017)

A principios del s. XX The Forestal Company edificó la base estructural que necesita cualquier pueblo; construyó viviendas, cloacas, hoteles, hospitales y clubes sociales. También tenía el monopolio de los alimentos y contaban con una moneda propia en paralelo al peso nacional, logrando así la hegemonía económica en todos los pueblos forestales. La forestal fabricaba su dinero y también los alimentos que se compraban con ese mismo dinero. Un sistema perfecto que acumulaba riquezas sin parar.

La Forestal, año 1918. (Foto Archivo)

 

Mientras trabajabas para la empresa gozabas de todos los beneficios del imperio, pero ni uno de estos bienes te pertenecía.

La forestal dominaba a los pueblos. Había una gotera en tu casa y te lo arreglaban rápidamente. Hasta se fijaban el color de las chapas de los techos para que sea la misma y combine. Se quemaba un foco y te lo cambiaban –  cuenta Ramona Ortiz, hija de un hachero chaqueño que trabajó en la empresa – Pero si te despedían perdías el derecho a tu vivienda y a todos los demás beneficios.

   Desde la salud hasta las viviendas, desde el alimento hasta el dinero que utilizabas para adquirir los mismos, todo estaba ligado a la relación que el obrero tenía con la empresa. Por eso denominaron su construcción de poder como la implementación del Estado dentro de otro Estado.

Villa Ana se ubica a 320 km de la capital de Santa Fe y tiene aproximadamente 3400 habitantes según el último censo nacional realizado. Sus pobladores viven del empleo público o a través del trabajo informal. El pueblo que supo tener redes cloacales antes que la capital de su provincia hoy no tiene veredas, y hace 12 años que la comuna no lleva adelante ni siquiera un plan de viviendas.

La avenida principal de Villa Ocampo, Santa Fe, me lleva directo al cruce con la Ruta 32 que se dirige hacia Villa Ana. Seguramente se llama San Martin o 25 de mayo, no vi ningún cartel. Casi todas las avenidas principales de los pueblos se llaman así. El sol pega fuerte hasta el punto de arderme el rostro, pero se ve compensado con un viento fresco y árido que levanta el polvo característico del Chaco Santafesino. Llego al cruce y al costado de la ruta diviso un santuario de la virgen de Santa Rita, hay una señora sentada, con una bolsa arpillera en la mano, y con aspecto de abuela que recién sale del almacén. Me acerco.

– que tal señora, ¿Hay algún colectivo que me lleve a Villa Ana?

– no hijo, ya pasó hace como una hora, tenes que esperar el de las 16:30.

Automáticamente miro mi celular y el reloj marca las 12 del mediodía, no me queda otra que instalarme al costado de la ruta hasta que un buen samaritano pase y me lleve.

Ya se hicieron las 12 y media y no pasó un solo auto. ¿Tan pocas visitas iba a recibir Villa Ana? Todos van hacia Villa Ocampo pero nadie para el lado de Villa Ana. A lo lejos veo una Ford Rastrojera con un remolque a sus espaldas, hago la seña y frena de a poco sacándome unos treinta metros de ventaja. En la cajuela van unas 8 personas, y más atrás un remolque para caballos. El conductor de la camioneta lanza un grito.

–¿A Villa Ana amigo?

Ahí nomás empiezo a correr y salto a la cajuela, me siento en el medio con la mirada apuntando a las espaldas del conductor. Como todos me miran me doy cuenta de que llegó el momento de presentarme. Levanto la cabeza y no veo ningún rostro particular. Son morochos y tienen la cara resquebrajada por el mismo clima de la zona. Se me viene a la cabeza una escena de Breaking Bad, cuando los contratistas estadounidenses buscaban a los obreros mexicanos en la frontera de Texas, los alzaban en sus camionetas Ford y los llevaban como ganado.

Todos me siguen mirando hasta el punto de ser incómodo. Solo uno de ellos empezó a hablar, y se llamaba Gaston. Piel color café, gorrita y capucha. Sonríe bastante, aunque tiene los dientes un poco manchados. Van a competir como todos los sábados a Villa Ana, precisamente a la cancha que queda a 3 km de la plaza principal. La competidora va en el remolque que se encuentra a mis espaldas. Gastón me cuenta que la yegua se llama patrona.

Y ahí está nuestro jockey- mientras los demás lanzan risas cómplices-

El jockey se llama Martín. Está durmiendo improvisando una almohada con los brazos apoyados en sus rodillas. Tiene una resaca importante y el sol del mediodía no se la está facilitando. Aparentemente tuvo una noche áspera.

Las apuestas de las carreras se hacen mano a mano: si vos tenes mil y hay otro que te banca los mil, las apuestas se hacen. También está la opción de pedir plata prestada, pero este ya es un movimiento más turbio. Gastón me cuenta que los tipos que más apuestan son los gringos, la gringada llega a poner hasta diez mil pesos, por esto siempre son los que más ganan.

Hablan de la gringada con desprecio, como que la gringada les sacó algo, no sé que, pero algo importante. Los gringos son los que tienen buena plata, los dueños de los campos y los animales. Llegó el momento de bajarme y me despido de todos, quedo parado en la entrada del pueblo forestal más importante de Santa Fe.

Entro a Villa Ana y no alcanzo a divisar ni una persona, ni de cerca, ni de lejos. Capaz tiene que ver con la hora. Pleno mediodía del sábado. El sol pega fuerte y el pueblo está casi muerto. A lo lejos se ve la torre de la forestal, imponente, levantándose desde la desolada calle 25 de mayo. Las veredas no existen, y solo cuando llegue a la plaza principal. Hay varias casas con fachada colonial, algunas habitadas, y otras abandonadas, estas últimas se pierden entre el musgo y el pastizal. Casi siempre la naturaleza termina ganando la batalla.

Parece un pueblo olvidado. Se respira desolación y abandono, como que algo grande pasó acá, pero ya se fue, y dejó rezagos en el suelo y en el aire. Dejando de lado la obviedad de la tranquilidad de cualquier pueblo del interior, su fachada colonial y el verde de la naturaleza comiéndose las edificaciones centenarias abandonadas, hacen de Villa Ana un pueblo quedado en el tiempo.

Las personas que pasan tienden a mirar raro, con cara de sospecha, pero siempre terminan saludando con gran amabilidad. Al verme al rostro, la forma de vestir, y la mochila cargada, se dan cuenta que estoy jugando de visitante. Como dice la famosa frase, “en el pueblo nos conocemos todos”, y es verdad.

Dejando atrás las primeras cuadras del pueblo, diviso a lo lejos la gran mole de cemento que asoma entre el verde del pasto y los árboles. Las ruinas de La Forestal marcan el centro del pueblo. Como si Villa Ana fuera un reloj, y la chimenea de la forestal su eje central.

En la entrada de la fábrica hay un portón, que, al parecer, es del siglo pasado. Muy similar a la entrada de un cementerio cualquiera. Las barras de hierro dibujan un semicírculo en la parte de arriba y sus puntas tienen formas de flechas. Al lado, un cartel con la silueta de la forestal, como si fuera un aviso de tránsito. Detrás, el césped con un verde perfecto se extiende por unos 60 metros y se ve resaltado con el sol que pela el chaco santafesino. Las ruinas completan la escena perfecta que parece sacada de una película, inglesa, y ambientada en la época colonial. El estilo británico de la arquitectura de la fábrica es indisimulable. Los ladrillos con los que se construyó fueron traídos de Gran Bretaña, y los hierros, de Escocia.

Fuente: Diario Chaco

 

Al entrar me choco con un piletón gigante. Está cercado con palos y alambres de púa para evitar accidentes. La pileta tiene una medida de diez metros cuadrados aproximadamente. No tiene nada de agua y su profundidad es de unos 4 metros. El fondo tiene la medida de una cancha de futbol 5. Es más, se encargaron de dibujar los arcos con pintura blanca a cada lado de las paredes de la pileta. Este fue el reservorio de agua de la forestal que después serviría para hervir el quebracho colorado hasta obtener el tanino. Parece el coliseo, pudo ser un teatro de la era colonial europea, o uno de los castillos de Harry Potter. Pero están acá, en Villa Ana. La escena es imponente.

 

La Forestal, Villa Ana – Santa Fe. Septiembre de 2017 (foto propia)

 

Detrás de los ladrillos que dibujan la silueta de la fábrica, veo la chimenea de 65 metros de alto que en el pasado supo humear día y noche sin parar. Y como dijo Rodolfo Walsh, “supo también flamear la bandera inglesa en tiempos de festejo”. Las siluetas que dejaron los ventanales gigantes de la época dibujan con el sol unas sombras que se reflejan en el pasto, dándole más frescura y descanso al cuadro. Esta escena no se ve todos los días.

En el interior de la fábrica las paredes se hacen más altas. Te observan y te intimidan desde sus cuatro lados. La luz del sol hace uso de toda su fuera ya que la edificación no tiene más el techo. Al levantar la mirada veo los grandes pedazos de hierro que sostuvieron el techo alguna vez, y hoy dejan ver claramente el azul del cielo. El musgo, las regaderas, y los pequeños árboles, se van comiendo poco a poco a los ladrillos y se saben trepar hasta la altura de lo que fue el techo de la forestal. Todo cambia al estar ahí adentro, el viento se transforma y no para de silbar a través de las ventanas, las lagartijas se arrastran, hacen eco, y se sienten por toda la estructura que hace a la fábrica. Ellas están por todos lados y no tienen la intención de esconderse, la fábrica es su casa, el visitante soy yo. Algunas llegan a tener un tamaño que asusta.

Mirar de arriba hacia abajo es una constante. Todo sorprende y parece no ser de acá. Imagino la escena de los obreros, en cuero, y el vapor escurriéndose entre los cuerpos, los capataces maltratándolos a mas no poder. Las maquinarias retumbando en todo el galpón. Todo en fotografía blanco y negro. Una película atemporal.

 

La Forestal, Villa Ana – Santa Fe. Septiembre de 2017 (foto propia)

 

En una de las esquinas de la gran edificación encuentro unas escaleras que van hacia el subsuelo. Son bastante angostas. Empiezo a bajarlas y cuando más me adentro más oscuro se pone. Parecen grandes cloacas. Lo primero que se escucha son las lagartijas arrastrándose para esconderse. Están por todos lados. Estas especies de túneles son grandes pasillos por donde pasaba el vapor que hacía funcionar a las maquinas, y a los costados tienen unos brazos que parecen cavernas. Como a principios del siglo XX las grandes maquinarias retumbaban y hacían temblar las paredes de estos túneles hoy se escuchan los ecos de la superficie, desde los pájaros hasta niños jugando. Salgo del túnel y de esta manera me despido de las ruinas.

Dos cuadras más adelante se encuentra el viejo almacén. Acá los obreros y los obrajeros venían a comprar alimentos y medicamentos para su familia (los obreros eran los que trabajaban dentro de la fábrica, y los obrajeros estaban en el monte cortando los arboles del quebracho). Los trabajadores hacían cola para conseguir provisiones y un mostrador que ocupa todo el ancho del galpón los esperaba del otro lado. Todo era provisto por La Forestal. El pueblo era manejado completamente por el capital inglés.

Me acerco al mostrador y empiezo a mirar las góndolas: Hay whiskys, licores de distintos sabores, y cervezas importadas. Al costado, un cuadro del Che Guevara, y al otro costado, uno de Gardel, y otro de Marilyn Monroe. Doy la vuelta y miro para arriba: hay dos grandes bolas de luces de boliche, y de ellas se desprende un caño llegando hasta la tarima que se encuentra en el piso. Donde los obreros del tanino hacían cola para comprar comida con los vales de la misma forestal, esta noche decenas de jóvenes van a desfilar para comprar todo tipo de bebidas alcohólicas (con los vales del boliche, los de The Forestal Company perdieron la validez). El viejo almacén se convirtió en el boliche del pueblo.

A una cuadra del viejo almacén se encuentra la oficina de la comuna. Con una estructura angosta a lo ancho y marcada por una galería de tipo colonial a lo largo, ocupa completamente una de las esquinas del pueblo. En la época de la forestal esto era una soltería. En este lugar los obreros venían a descansar o también a pasar el rato. Al frente se ve una típica plaza de pueblo del interior, ocupa una manzana y tiene el espacio verde justo y necesario. Por la vereda pasa un pibe en una bicicleta playera. Me hace señas y me acerco. A él lo estaba buscando.

Guillermo Sánchez es un pibe de estatura media, flaquito, tes blanca, con una cabellera enrulada que llega a tapar parte de su frente. Tiene el rostro redondeado, lo que le da un aspecto de niño.  Lleva un jean negro, una remera de “Ocampo Rock”, y una campera de jean. Es profesor de historia en la secundaria de Villa Ana y también enseña en el terciario de Villa Ocampo. Están trabajando en un proyecto, en conjunto con su hermano, y buscan recuperar y difundir el patrimonio arqueológico de los pueblos forestales, para acelerar así su desarrollo social, económico y cultural.

Acá los pibes te saben la historia mundial desde una mirada euro centrista, y si te lo llevamos a un menor plano, tienen una mirada porteña de la historia argentina. No saben nada de la historia regional, y menos de su propio pueblo – me cuenta en tono de resignación.

Caminando por la 25 de mayo, yendo para el lado de La Forestal, Guillermo sigue teniendo mucho para contar. Con las manos en los bolsillos y con una voz que transmite paz, denota efusividad al hablar de sus indignaciones. No se tratan solo de la explotación que vivieron los obreros de la forestal hace cien años. Se relaciona con el presente de su gente, de su familia, de su tierra, y lo que está por venir.

“En Villa Ana se está esperando una gran inversión para desarrollar la comuna. Un gran capital, que ponga una fábrica, y de trabajo a todo el pueblo. No niego que los inversores extranjeros te permiten darle valor agregado a tu producto, y generar más y mejor fuente de trabajo, pero no hay ni intenciones de desarrollarnos en la región. Creo que esto es un problema cultural, que tiene que ver con el desconocimiento de la historia obrera en nuestra región.”

Llegamos a la forestal y nos ubicamos en la parte de atrás, donde se encuentra la canchita de futbol. Me cuenta que este lugar se posaban los quebrachos, y haciendo señas con los brazos busca describirme los metros y metros de troncos acostados que algún día estuvieron en ese lugar. Los bosques de quebracho del chaco santafesino de donde se sacaron esos quebrachos fueron milenarios, y lo compruebo con una foto que me muestra Guillermo donde cuatro obreros tienen que abrazar un árbol para abarcar su circunferencia. La foto es un símbolo del saqueo europeo a los pueblos latinoamericanos.

 

La Forestal, Villa Ana – Santa Fe. Septiembre de 2017 (foto propia)

 

Antes de partir Guille me acompaña a comprar unos puchos, y en el camino me pregunta qué es lo que me llamó la atención de Villa Ana. Le contesto que fui por las ruinas, o mucho menos que eso, fui por una foto que me mostraron. Estaba obsesionado por conocer este lugar. Me mira y sonríe, me cuenta que el también se impresiona cada vez que pasa por ese lugar, a pesar de que lo ve todos los días, la edificación no deja de impresionarlo.

Ya se hicieron las cinco de la tarde y el colectivo que me lleva de vuelta a casa sale a las cinco y veinte. No vi ni un solo quebracho colorado, y recuerdo lo que me dijo un amigo (oriundo de Villa Ana) antes de hacer este viaje: “Si ves un quebracho sacale una foto”.

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